Volvía del trabajo cansado, por el mismo camino de siempre, mirando al suelo, cabizbajo, arrastrando los zapatos, las plantas de los pies le ardían y ya no podía más, arrastraba el maletín con desgana y sólo quería llegar a casa para echarse un rato y acabar ese largo y horrible día.
Volvía a casa, mirando al suelo, cuando de repente algo le llamó la atención. Se paró en seco, dio dos pasos atrás y levantó la cabeza. Encima del capó de un coche azul marino vio un gato negro, sentado, rascándose con la pata de atrás y lamiéndose sin complejos. Él se quedó mirando al gato firmemente. No siempre se ve un gato encima de un capó, de hecho, casi nunca se ve un gato encima de un capó. En ese momento, el gato paró, se sentó sobre sus patas traseras y sus ojos verdes miraron intensamente al señor, que seguía parado en frente suya. El caballero miró intensamente los ojos verdes del gato negro y vio en su mirada felina, su figura reflejada. Su aspecto desaliñado, sus brazos caídos, su traje arrugado, su corbata mal puesta y su gesto derrotista.
Cerró los ojos y una imagen inundó su cabeza: escuchaba como el público coreaba sus canciones y como la gente levantaba los brazos y los movía rítmicamente al son de la canción, como la guitarra sonaba y como el bajo y la batería marcaban el ritmo y como su corazón latía acelerado por la emoción de estar encima de un escenario... Pero entonces volvió en sí, y el gato ya no le miraba, continuaba con su tarea anterior, sin hacerle ya el mínimo caso.
Él continuó caminando pero esta vez dejó de mirar al suelo para dirigir su mirada al frente. Llegó a su casa, abrió la puerta y mientras caminaba por el pasillo, se aflojó el nudo de la corbata, lo desató y la tiró al suelo, dejó su maletín y lanzó sus viejos mocasines contra la pared, se quitó la chaqueta del traje, se desabrochó un par de botones de la camisa, echó las mangas hacia atrás, se afeitó la barba y se despeinó, dejando a su alocado pelo moverse por el aire que corría por la ventana.
Se dirigió al despacho, abrió un armario y sacó el gran estuche de su antigua guitarra, lo abrió y la cogió, se sentó en una silla y empezó a tocar y a tararear con los ojos cerrados.
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