Iba a publicar mi entrada "Un día irrepetible" referente al día de ayer pero hoy he tenido una sensación muy fuerte que me hace posponer esa entrada para escribir esta otra.
Hoy por desgracia, he tenido que visitar el tanatorio. El padre de dos amigos y compañeros ha fallecido.
Caminaba yo hacia el tanatorio para darles el pésame con una sensación un tanto extraña, ya que cada vez que pasan estas cosas y, más cuando le pasan a una persona relativamente joven, empieza a pasar por tu cabeza la sensación esta de: "ayer estaba bien y hoy ya no está", cómo puede serla vida tan fugaz y como te puede cambiar en tan poco tiempo debido al desvanecimiento de una persona cercana. Piensas: ¿y si me hubiese pasado a mi? ¿a una persona de mi familia o a mi misma qué? ¿Qué dejaría en este mundo?
Mientras todavía estos pensamientos rondaban por mi cabeza, el autobús ha llegado al tanatorio y con una expresión extraña y un rostro triste, he saludo a un amigo mío y nos hemos puesto a esperar a que llegase el resto. Veinte minutos después ya éramos un grupo bastante de numeroso de amigos y compañeros que esperábamos para darle el pésame a la familia. Y esto, gracias a una cadena telefónica por la que el día anterior nos enteramos del acontecimiento.
En fin, el motivo de mi entrada ha sido que cuando nos he visto a todos con cara de tristeza esperando a que bajase la familia, me he dado cuenta de que esto no es una situación habitual, más que nada porque este grupo de personas siempre que estamos juntos, es en acampadas, montando tiendas, jugando y haciendo actividades y proyectos. La imagen que me viene a la cabeza cuando pienso "scouts" es de este mismo grupo de gente pero en medio del monte haciendo los payasos y riéndonos sin parar. Pues bien, hoy me he dado cuenta de que estamos muy unidos, no sólo para divertirnos y pasárnoslo bien sino también estamos en los momentos difíciles. Nos veamos más o menos, cuando alguien lo necesita estamos ahí y ya no es sólo un sentimiento de alegría o ese espíritu payaso que solemos tener, hoy se ha respirado más que carcajadas un sentimiento de tristeza, amor y apoyo. Por eso doy gracias por las personas con las que me rodeo y pese a todo deseo que pasen las fiestas lo mejor posible. Desde mi cuarto, un besazo.
Ana Palito
viernes, 30 de diciembre de 2011
domingo, 4 de diciembre de 2011
Gato negro
Volvía del trabajo cansado, por el mismo camino de siempre, mirando al suelo, cabizbajo, arrastrando los zapatos, las plantas de los pies le ardían y ya no podía más, arrastraba el maletín con desgana y sólo quería llegar a casa para echarse un rato y acabar ese largo y horrible día.
Volvía a casa, mirando al suelo, cuando de repente algo le llamó la atención. Se paró en seco, dio dos pasos atrás y levantó la cabeza. Encima del capó de un coche azul marino vio un gato negro, sentado, rascándose con la pata de atrás y lamiéndose sin complejos. Él se quedó mirando al gato firmemente. No siempre se ve un gato encima de un capó, de hecho, casi nunca se ve un gato encima de un capó. En ese momento, el gato paró, se sentó sobre sus patas traseras y sus ojos verdes miraron intensamente al señor, que seguía parado en frente suya. El caballero miró intensamente los ojos verdes del gato negro y vio en su mirada felina, su figura reflejada. Su aspecto desaliñado, sus brazos caídos, su traje arrugado, su corbata mal puesta y su gesto derrotista.
Cerró los ojos y una imagen inundó su cabeza: escuchaba como el público coreaba sus canciones y como la gente levantaba los brazos y los movía rítmicamente al son de la canción, como la guitarra sonaba y como el bajo y la batería marcaban el ritmo y como su corazón latía acelerado por la emoción de estar encima de un escenario... Pero entonces volvió en sí, y el gato ya no le miraba, continuaba con su tarea anterior, sin hacerle ya el mínimo caso.
Él continuó caminando pero esta vez dejó de mirar al suelo para dirigir su mirada al frente. Llegó a su casa, abrió la puerta y mientras caminaba por el pasillo, se aflojó el nudo de la corbata, lo desató y la tiró al suelo, dejó su maletín y lanzó sus viejos mocasines contra la pared, se quitó la chaqueta del traje, se desabrochó un par de botones de la camisa, echó las mangas hacia atrás, se afeitó la barba y se despeinó, dejando a su alocado pelo moverse por el aire que corría por la ventana.
Se dirigió al despacho, abrió un armario y sacó el gran estuche de su antigua guitarra, lo abrió y la cogió, se sentó en una silla y empezó a tocar y a tararear con los ojos cerrados.
Volvía a casa, mirando al suelo, cuando de repente algo le llamó la atención. Se paró en seco, dio dos pasos atrás y levantó la cabeza. Encima del capó de un coche azul marino vio un gato negro, sentado, rascándose con la pata de atrás y lamiéndose sin complejos. Él se quedó mirando al gato firmemente. No siempre se ve un gato encima de un capó, de hecho, casi nunca se ve un gato encima de un capó. En ese momento, el gato paró, se sentó sobre sus patas traseras y sus ojos verdes miraron intensamente al señor, que seguía parado en frente suya. El caballero miró intensamente los ojos verdes del gato negro y vio en su mirada felina, su figura reflejada. Su aspecto desaliñado, sus brazos caídos, su traje arrugado, su corbata mal puesta y su gesto derrotista.
Cerró los ojos y una imagen inundó su cabeza: escuchaba como el público coreaba sus canciones y como la gente levantaba los brazos y los movía rítmicamente al son de la canción, como la guitarra sonaba y como el bajo y la batería marcaban el ritmo y como su corazón latía acelerado por la emoción de estar encima de un escenario... Pero entonces volvió en sí, y el gato ya no le miraba, continuaba con su tarea anterior, sin hacerle ya el mínimo caso.
Él continuó caminando pero esta vez dejó de mirar al suelo para dirigir su mirada al frente. Llegó a su casa, abrió la puerta y mientras caminaba por el pasillo, se aflojó el nudo de la corbata, lo desató y la tiró al suelo, dejó su maletín y lanzó sus viejos mocasines contra la pared, se quitó la chaqueta del traje, se desabrochó un par de botones de la camisa, echó las mangas hacia atrás, se afeitó la barba y se despeinó, dejando a su alocado pelo moverse por el aire que corría por la ventana.
Se dirigió al despacho, abrió un armario y sacó el gran estuche de su antigua guitarra, lo abrió y la cogió, se sentó en una silla y empezó a tocar y a tararear con los ojos cerrados.
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