Me dirigía a la biblioteca de nuevo. Otro curso, otros estudios pero el mismo sitio para concentrarme. Sin embargo, lo más destacable no ocurrió mientras estudiaba mi libro de anatomía, sino a la salida. Tras pararme a mirar un cartel en la salida de la biblioteca, lo vi pasar. El hombrecillo. Un hombre mayor al que acuñamos con este sobrenombre un año atrás. Un tipo un tanto extraño que frecuenta la biblioteca muy a menudo y, que cuando no la frecuentaba, me preguntaba que si habría sufrido algún percance que le impidiese visitarla.
Tras varios meses, hoy lo he vuelto a ver. Con sus grandes gafas, un pantalón beige, una chaqueta a juego y unas zapatillas a cuadros. Recuerdo sus vestimentas, de lo más variopintas, trajes, rebecas de lana, camisas grises a cuadros y a veces incluso chándal, pero siempre con zapatillas. A veces, muy bien parecidas a las de estar por casa y, otras veces, más asemejadas a las alpargatas.
Llevaba tras su brazo izquierdo tres libros. Los libros... otro gran misterio del hombrecillo. En muchas ocasiones mis compañeros y yo hemos especulado sobre lo que estudiaba. Corren diversas leyendas sobre este tema, y una de ellas es la que dice que en su pequeña libreta describe a todas las chicas de la biblioteca minuciosamente, pero sólo es una leyenda. Lo realmente seguro es que llegaba a la biblioteca con una pequeña libreta, un bolígrafo y algún libro y, de los estantes, cogía varios diccionarios.
Recordar lo que traía consigo me ha hecho pensar en un ritual un tanto extraño de este personaje: elegir el sitio dónde sentarse para iniciar su tarea misteriosa. Este pequeño hombrecillo tras subir las escaleras que llevan a la planta de arriba de la biblioteca, echaba una mirada general a la sala, comenzaba a andar y daba un par de vueltas examinando todos los sitios vacíos hasta elegir el más correcto según su criterio y gusto. Algunas veces, se ha sentado en las mesas contiguas a las mías, otra vez miró el sitio vacío de mi lado y siguió su examen despreciándolo y un par de veces ha escogido una silla en mi mesa, contigua a la mía.
Tras este ritual de elegir sitio, llega otro más extraño si cabe, y es el de sentarse. El hombrecillo no escoge su sitio y se sienta sin más, sino que se coloca delante de la silla, se mira los zapatos, los alinea horizontalmente, se sube el pantalón hasta mostrar sus calcetines blancos, da un par de pasos parado y, finalmente, se sienta y aproxima la silla a la mesa.
Al salir de la biblioteca, lo he seguido. No con ninguna intención sino simplemente porque iba por el mismo camino que frecuento yo para ir a mi casa. Andaba erráticamente, de izquierda a derecha por una acera recta, y miraba hacia atrás frecuentemente, no sé si a mi, porque cuando ésto ocurría yo desviaba la mirada inmediatamente. Seguía bajando por la pronunciada cuesta de la calle Sant Josep hasta que, de repente, se paró en seco delante de la galería de arte, girando bruscamente su cabeza hacia la derecha. Sorprendida, he seguido caminando y puesto que ya no lo veía, decidí desviarme hacia mi casa. Giré la cabeza en el paso de peatones para ver si seguía caminando, y ahí estaba, bajando la cuesta tras de mí. Seguí caminando pensando que seguiría recto y lo perdería de vista, pero en la esquina cercana a mi casa, escuché sus pasos, esos pasos tan sonoros que arrastran los pies sobre la acera esta vez y no sobre el suelo de la biblioteca. ¡Se desviaba a mi calle! Miré una última vez hacia atrás, me paré en frente de la puerta del portal y saqué las llaves para abrir la puerta. El hombrecillo seguía caminando por mi calle, pasó por en frente de mi puerta y continuó su camino. Y yo, en vez de entrar a mi portal, con las llaves y el móvil en la mano para disimular, seguí con la mirada el camino del hombrecillo, como hipnotizada, en frente de la puerta de mi portal, hasta que mi vista no pudo alcanzar más y se desvaneció.
Que extraño hombrecillo y que extraño comportamiento.
Me encanta el hombrecillo. Parece sacado de un libro mismo jaja. Tengo que empezar a frecuentar la biblioteca antes de que sea demasiado tarde...
ResponderEliminarMiguel
¡¡gran duendecillo!! pese a su apariencia de bonachón como si de mudito se tratara(7 enanito de Blancanieves), se esconde un alma perturbada. Buena pelicula se podria hacer de este pequeño gran hombre
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