sábado, 29 de octubre de 2011
Un concierto, un pequeño universo perfecto.
Saltar, cantar gritando, levantar los brazos al cielo, moverlos rítmicamente, dar palmas sin parar, sentir que todo está bien y que sólo importa ese momento, ese lugar, tú, la gente del escenario y la que te rodea. Te metes en un pequeño universo perfecto en el que todo está como debería estar, no hay preocupaciones, sólo caras sonrientes y bocas abiertas que cantan las letras que representan aquellos que están arriba, aquellos a los que tu miras y admiras por hacer de un lugar corriente un pequeño universo perfecto y sonidos y sonidos, y guitarras y bajos y baterías y teclados y voces desgarradas. Más que un concierto, más que un festival, más que grupos y público, un pequeño universo perfecto.
martes, 25 de octubre de 2011
El hombrecillo
Me dirigía a la biblioteca de nuevo. Otro curso, otros estudios pero el mismo sitio para concentrarme. Sin embargo, lo más destacable no ocurrió mientras estudiaba mi libro de anatomía, sino a la salida. Tras pararme a mirar un cartel en la salida de la biblioteca, lo vi pasar. El hombrecillo. Un hombre mayor al que acuñamos con este sobrenombre un año atrás. Un tipo un tanto extraño que frecuenta la biblioteca muy a menudo y, que cuando no la frecuentaba, me preguntaba que si habría sufrido algún percance que le impidiese visitarla.
Tras varios meses, hoy lo he vuelto a ver. Con sus grandes gafas, un pantalón beige, una chaqueta a juego y unas zapatillas a cuadros. Recuerdo sus vestimentas, de lo más variopintas, trajes, rebecas de lana, camisas grises a cuadros y a veces incluso chándal, pero siempre con zapatillas. A veces, muy bien parecidas a las de estar por casa y, otras veces, más asemejadas a las alpargatas.
Llevaba tras su brazo izquierdo tres libros. Los libros... otro gran misterio del hombrecillo. En muchas ocasiones mis compañeros y yo hemos especulado sobre lo que estudiaba. Corren diversas leyendas sobre este tema, y una de ellas es la que dice que en su pequeña libreta describe a todas las chicas de la biblioteca minuciosamente, pero sólo es una leyenda. Lo realmente seguro es que llegaba a la biblioteca con una pequeña libreta, un bolígrafo y algún libro y, de los estantes, cogía varios diccionarios.
Recordar lo que traía consigo me ha hecho pensar en un ritual un tanto extraño de este personaje: elegir el sitio dónde sentarse para iniciar su tarea misteriosa. Este pequeño hombrecillo tras subir las escaleras que llevan a la planta de arriba de la biblioteca, echaba una mirada general a la sala, comenzaba a andar y daba un par de vueltas examinando todos los sitios vacíos hasta elegir el más correcto según su criterio y gusto. Algunas veces, se ha sentado en las mesas contiguas a las mías, otra vez miró el sitio vacío de mi lado y siguió su examen despreciándolo y un par de veces ha escogido una silla en mi mesa, contigua a la mía.
Tras este ritual de elegir sitio, llega otro más extraño si cabe, y es el de sentarse. El hombrecillo no escoge su sitio y se sienta sin más, sino que se coloca delante de la silla, se mira los zapatos, los alinea horizontalmente, se sube el pantalón hasta mostrar sus calcetines blancos, da un par de pasos parado y, finalmente, se sienta y aproxima la silla a la mesa.
Al salir de la biblioteca, lo he seguido. No con ninguna intención sino simplemente porque iba por el mismo camino que frecuento yo para ir a mi casa. Andaba erráticamente, de izquierda a derecha por una acera recta, y miraba hacia atrás frecuentemente, no sé si a mi, porque cuando ésto ocurría yo desviaba la mirada inmediatamente. Seguía bajando por la pronunciada cuesta de la calle Sant Josep hasta que, de repente, se paró en seco delante de la galería de arte, girando bruscamente su cabeza hacia la derecha. Sorprendida, he seguido caminando y puesto que ya no lo veía, decidí desviarme hacia mi casa. Giré la cabeza en el paso de peatones para ver si seguía caminando, y ahí estaba, bajando la cuesta tras de mí. Seguí caminando pensando que seguiría recto y lo perdería de vista, pero en la esquina cercana a mi casa, escuché sus pasos, esos pasos tan sonoros que arrastran los pies sobre la acera esta vez y no sobre el suelo de la biblioteca. ¡Se desviaba a mi calle! Miré una última vez hacia atrás, me paré en frente de la puerta del portal y saqué las llaves para abrir la puerta. El hombrecillo seguía caminando por mi calle, pasó por en frente de mi puerta y continuó su camino. Y yo, en vez de entrar a mi portal, con las llaves y el móvil en la mano para disimular, seguí con la mirada el camino del hombrecillo, como hipnotizada, en frente de la puerta de mi portal, hasta que mi vista no pudo alcanzar más y se desvaneció.
Que extraño hombrecillo y que extraño comportamiento.
Tras varios meses, hoy lo he vuelto a ver. Con sus grandes gafas, un pantalón beige, una chaqueta a juego y unas zapatillas a cuadros. Recuerdo sus vestimentas, de lo más variopintas, trajes, rebecas de lana, camisas grises a cuadros y a veces incluso chándal, pero siempre con zapatillas. A veces, muy bien parecidas a las de estar por casa y, otras veces, más asemejadas a las alpargatas.
Llevaba tras su brazo izquierdo tres libros. Los libros... otro gran misterio del hombrecillo. En muchas ocasiones mis compañeros y yo hemos especulado sobre lo que estudiaba. Corren diversas leyendas sobre este tema, y una de ellas es la que dice que en su pequeña libreta describe a todas las chicas de la biblioteca minuciosamente, pero sólo es una leyenda. Lo realmente seguro es que llegaba a la biblioteca con una pequeña libreta, un bolígrafo y algún libro y, de los estantes, cogía varios diccionarios.
Recordar lo que traía consigo me ha hecho pensar en un ritual un tanto extraño de este personaje: elegir el sitio dónde sentarse para iniciar su tarea misteriosa. Este pequeño hombrecillo tras subir las escaleras que llevan a la planta de arriba de la biblioteca, echaba una mirada general a la sala, comenzaba a andar y daba un par de vueltas examinando todos los sitios vacíos hasta elegir el más correcto según su criterio y gusto. Algunas veces, se ha sentado en las mesas contiguas a las mías, otra vez miró el sitio vacío de mi lado y siguió su examen despreciándolo y un par de veces ha escogido una silla en mi mesa, contigua a la mía.
Tras este ritual de elegir sitio, llega otro más extraño si cabe, y es el de sentarse. El hombrecillo no escoge su sitio y se sienta sin más, sino que se coloca delante de la silla, se mira los zapatos, los alinea horizontalmente, se sube el pantalón hasta mostrar sus calcetines blancos, da un par de pasos parado y, finalmente, se sienta y aproxima la silla a la mesa.
Al salir de la biblioteca, lo he seguido. No con ninguna intención sino simplemente porque iba por el mismo camino que frecuento yo para ir a mi casa. Andaba erráticamente, de izquierda a derecha por una acera recta, y miraba hacia atrás frecuentemente, no sé si a mi, porque cuando ésto ocurría yo desviaba la mirada inmediatamente. Seguía bajando por la pronunciada cuesta de la calle Sant Josep hasta que, de repente, se paró en seco delante de la galería de arte, girando bruscamente su cabeza hacia la derecha. Sorprendida, he seguido caminando y puesto que ya no lo veía, decidí desviarme hacia mi casa. Giré la cabeza en el paso de peatones para ver si seguía caminando, y ahí estaba, bajando la cuesta tras de mí. Seguí caminando pensando que seguiría recto y lo perdería de vista, pero en la esquina cercana a mi casa, escuché sus pasos, esos pasos tan sonoros que arrastran los pies sobre la acera esta vez y no sobre el suelo de la biblioteca. ¡Se desviaba a mi calle! Miré una última vez hacia atrás, me paré en frente de la puerta del portal y saqué las llaves para abrir la puerta. El hombrecillo seguía caminando por mi calle, pasó por en frente de mi puerta y continuó su camino. Y yo, en vez de entrar a mi portal, con las llaves y el móvil en la mano para disimular, seguí con la mirada el camino del hombrecillo, como hipnotizada, en frente de la puerta de mi portal, hasta que mi vista no pudo alcanzar más y se desvaneció.
Que extraño hombrecillo y que extraño comportamiento.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Clases, muertos y bascket!
Y hoy he empezado el día orgullosa de mi misma al pasar por la cafetería y no caer en la tentación de renunciar a la clase de biología humana por unas "tostaicas" aunque podría haberlo hecho, mitosis, meiosis, apoptosis y necrosis no son nada nuevo.
En fin, tras esta clase con el señor tranquilo del micro, anatomía con un tío un tanto extraño que nos ha echo palpar el vértice del pulmón de nuestro compañero de al lado con estas palabras: "tocar, tocar, vosotros vais a ser expertos palpadores" y física, pero nada nuevo, más fórmulas y un empanamiento que no me lo podía quitar de encima.
Tras las clases, una comida copiosa en la cafetería de la universidad y, con el estómago a reventar... muertos! práctica de anatomía con los cadáveres. Cabe destacar que al sacarlos han salpicado bastante y uno casi se cae pero bueno, no entraré en muchos más detalles porque no es algo muy agradable, aunque sí diré que hemos vuelto a toquetear los corazones y hemos empezado con los pulmones.
Pero, las prácticas no han sido lo más emocionante del día, ha sido: el partidillo de bascket!! Con las ganas de aprender de Violeta, que más tarde se transformarían en rechazo hacia este deporte, nos hemos dirigido al pla en el coche de Isaac.
Hemos empezado con unos tiros en las canastas pequeñas, los continuos aspavientos de Violeta cada vez que no metía una canasta y su negativa a hacer una entrada a canasta argumentando frases como "yo no quiero aprender cosas que no se me dan bien" o "soy demasiado mayor para aprender", aquí destaco que Violeta tiene 17 años no 80.
Ah! hemos jugado un 21, aquí cabe destacar que he ganado yo metiendo 10 tiros libres seguidos ;)
y luego hemos jugado un partidillo, Violeta y yo vs Isaac. He vuelto a tener esa sensación de fátiga en la garganta al cojer aire que tenía cuando jugaba, pero lo que ya no tengo es tanto aguante como antes. Me hago mayor. Dos años sin tocar un balón y cuatro sin jugar en serio se notan.
En fin, que dura es la vida del universitario.
En fin, tras esta clase con el señor tranquilo del micro, anatomía con un tío un tanto extraño que nos ha echo palpar el vértice del pulmón de nuestro compañero de al lado con estas palabras: "tocar, tocar, vosotros vais a ser expertos palpadores" y física, pero nada nuevo, más fórmulas y un empanamiento que no me lo podía quitar de encima.
Tras las clases, una comida copiosa en la cafetería de la universidad y, con el estómago a reventar... muertos! práctica de anatomía con los cadáveres. Cabe destacar que al sacarlos han salpicado bastante y uno casi se cae pero bueno, no entraré en muchos más detalles porque no es algo muy agradable, aunque sí diré que hemos vuelto a toquetear los corazones y hemos empezado con los pulmones.
Pero, las prácticas no han sido lo más emocionante del día, ha sido: el partidillo de bascket!! Con las ganas de aprender de Violeta, que más tarde se transformarían en rechazo hacia este deporte, nos hemos dirigido al pla en el coche de Isaac.
Hemos empezado con unos tiros en las canastas pequeñas, los continuos aspavientos de Violeta cada vez que no metía una canasta y su negativa a hacer una entrada a canasta argumentando frases como "yo no quiero aprender cosas que no se me dan bien" o "soy demasiado mayor para aprender", aquí destaco que Violeta tiene 17 años no 80.
Ah! hemos jugado un 21, aquí cabe destacar que he ganado yo metiendo 10 tiros libres seguidos ;)
y luego hemos jugado un partidillo, Violeta y yo vs Isaac. He vuelto a tener esa sensación de fátiga en la garganta al cojer aire que tenía cuando jugaba, pero lo que ya no tengo es tanto aguante como antes. Me hago mayor. Dos años sin tocar un balón y cuatro sin jugar en serio se notan.
En fin, que dura es la vida del universitario.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Soy Ana Palito
Tras mi breve presentación de hace unos días, creo que debo decir algo más aparte de mi nombre, así que... Soy Ana Palito, tengo 18 años, estudiante universitaria, scout, amiga de mis amigos, hermana mayor y soñadora compulsiva.
Eso de soñadora compulsiva no es porque esté en la parra sino porque últimamente pienso mucho en mi futuro, en lo que quiero hacer de aqui a unos años y bueno, aparte de ciertas dudas de última hora, creo que lo tengo bastante claro. Puede parecer idealista, utópico y tal vez una ilusión un poco tonta . Digamos que es mi meta y motivación para estudiar y trabajar. Quiero ser médico, pero no quiero ser médico aquí, aquí no tengo la sensación de que me necesiten y, si hay colas y embotellamientos en la salud pública más que por falta de médicos a mi me parece que es un fallo del sistema. Yo quiero irme a lugares donde de verdad pueda sentirme útil, África, Sudamérica, Asia... a poblaciones con falta de recursos pero con ganas de salir adelante. Quiero ser médico por el mundo.
Este "sueño" que más que sueño yo lo llamo proyecto de futuro ronda mucho mi cabeza últimamente, antes estaba latente pero ahora lo tengo más presente que de costumbre y puede ser debido a un chico que comparte en muchos aspectos mis forma de ver la vida y tiene un proyecto de futuro muy parecido al mío, de lo cual hablamos mucho y decimos, medio en broma, medio en serio que cambiaremos el mundo.
También aparte de mis espectativas de futuro, soy mis amigos y mis experiencias y mi familia La gente que me rodea. Los que conozco desde hace unos años y con lo que he madurado y los que han aparecido hace poco pero que son igualmente importantes.
Y junto con ésto, los scouts: acampadas, campamentos, noches en vela, marchas, sacos de dormir, bibags, ríos y montañas y toda la gente que lo forman. Podría decir mil cosas y no acabaría jamás.
También está mi pensamiento político y mi crítica social. No me extenderé ahora porque ocupará muchas entradas en un futuro, estoy segura.
Y, en fin, ahora he empezado la universidad. Algo nuevo que todavía estoy descubriendo pero que acabará marcandome como todo lo demás. Hoy, por ejemplo he visto los cadáveres de la sala de disección.
Bueno, creo que es suficiente como primera entrada seria. Muchas más y mucho mejores vendrán, por ahora sólo me presento.
Eso de soñadora compulsiva no es porque esté en la parra sino porque últimamente pienso mucho en mi futuro, en lo que quiero hacer de aqui a unos años y bueno, aparte de ciertas dudas de última hora, creo que lo tengo bastante claro. Puede parecer idealista, utópico y tal vez una ilusión un poco tonta . Digamos que es mi meta y motivación para estudiar y trabajar. Quiero ser médico, pero no quiero ser médico aquí, aquí no tengo la sensación de que me necesiten y, si hay colas y embotellamientos en la salud pública más que por falta de médicos a mi me parece que es un fallo del sistema. Yo quiero irme a lugares donde de verdad pueda sentirme útil, África, Sudamérica, Asia... a poblaciones con falta de recursos pero con ganas de salir adelante. Quiero ser médico por el mundo.
Este "sueño" que más que sueño yo lo llamo proyecto de futuro ronda mucho mi cabeza últimamente, antes estaba latente pero ahora lo tengo más presente que de costumbre y puede ser debido a un chico que comparte en muchos aspectos mis forma de ver la vida y tiene un proyecto de futuro muy parecido al mío, de lo cual hablamos mucho y decimos, medio en broma, medio en serio que cambiaremos el mundo.
También aparte de mis espectativas de futuro, soy mis amigos y mis experiencias y mi familia La gente que me rodea. Los que conozco desde hace unos años y con lo que he madurado y los que han aparecido hace poco pero que son igualmente importantes.
Y junto con ésto, los scouts: acampadas, campamentos, noches en vela, marchas, sacos de dormir, bibags, ríos y montañas y toda la gente que lo forman. Podría decir mil cosas y no acabaría jamás.
También está mi pensamiento político y mi crítica social. No me extenderé ahora porque ocupará muchas entradas en un futuro, estoy segura.
Y, en fin, ahora he empezado la universidad. Algo nuevo que todavía estoy descubriendo pero que acabará marcandome como todo lo demás. Hoy, por ejemplo he visto los cadáveres de la sala de disección.
Bueno, creo que es suficiente como primera entrada seria. Muchas más y mucho mejores vendrán, por ahora sólo me presento.
Ana Palito*
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